viernes, 12 de noviembre de 2010

Las Crónicas de El Pulgo y El Piojo


Hace tres años y unos cuantos días que comenzó la historia de El Pulgo y el Piojo y aunque pareciera no ser mucho, en comparación a otras relaciones de pareja, sí lo es para los que vivimos bajo el estigma de la efimeridad de los contratos afectivos de la comunidad LGBT.

Han sido tres años en los que un inicio tumultuoso y poco coordinado, me han llevado a compararlo con ese carro viejo y fiel que le cuesta mucho encender pero que una vez pasada la etapa de los ahogos de gasolina, el exceso de cholazos para que arranque y de haber puesto en peligro el encendido de tanto repetir el giro de la llave, sabemos que no se apagará y que podrá llevarnos a donde queramos, si sabemos controlar el peso de nuestro pie en el acelerador y no abusamos de los frenos cuando vamos en bajada.

Son ya tres años en los que nos hemos conocido tan íntimamente que no sabemos con exactitud dónde termina la consciencia del uno e inicia la individualidad del otro, parecemos una pareja de viejos que han compartido la vida entera juntos, que se saben las mutuas mañas y que se siguen encrispando ante las mismas guarradas. Conocerse tan bien tiene sus pro's; ya sé bien como sacarle una sonrisa fácil o como amargarle la existencia, también sabe él cuales son mis caprichos irrenunciables y ya no cuenta hasta cien sino hasta diez cuando me atacan mis depresiones. Esta mañana me dejó una sobredosis de chocolate en el teclado de mi máquina que ha servido de antidepresivo y estimulante y deberían darle las gracias a esta delicia mesoamericana, porque me ha dado la energía necesaria, no sólo para iniciar el día si no para poder retomar este hábito poco coherente y bastante disperso de escribir.

Las crónicas de El Pulgo y El Piojo no comienzan con el día en que, bajo falsos alegatos de que me había hecho un tatuaje nuevo y necesitaba que lo fotografiaran, seduje al fotógrafo amateur. Tampoco narra las desventuras por las dudas, ni las dudas por las aventuras que cada uno tuvo y que hicieron de los trompicones de los primeros años un trayecto difícil de recorrer. Pero igual que todos los cuentos que narran el camino al paraíso, al nirvana, al valhalla o al olimpo, coincidimos en que el paseo a la felicidad no es fácil, pero no imposible.

Estas crónicas comienzan con el día en que al fin logramos un sueño de muchos, vivir en pareja, con cierta independencia, con el apoyo de nuestros padres y familias, con nuestros cachorros Odín, JaneDoe y Brenda (para mí siempre serán cachorritos), con etendimiento mutuo y con amor como cubierta y pegamento de todo lo que nos rodea.

Mudarnos al anexo de la casa ha sido todo un reto y un logro. Nos ha dado un cierto sentido de independencia, nos ha dado la libertad de crear y drenar nuestras mentes inquietas, no siempre inspirados, siempre motivados. Ha sido un camino de rosas si tomamos en cuenta que estas no solo tienen belleza y rico aroma sino un pocotón de espinas en el tallo. Esta experiencia de construir juntos el sueño improvisado de un hogar nos ha dado esa sensación de estar casados, aunque en Venezuela no haya cómo legalmente, y nos ha dado la oportunidad de vivir en carne propia lo que todas las parejas de todos los géneros y preferencias están viviendo en un país en crisis. Las bases de un hogar no se construyen con el sexo de quienes ponen los ladrillos sino del amor con que se pone la mezcla que los amalgama.

Desde pequeños escuchamos esa famosa historia magistralmente narrada por Serenata Guayanesa de un amor que ve mil trabas en el camino para su realización y que con la ayuda de todos llega a un final tragicómico, en la que la madrina se devora al padrino. No pude menos que sentirme identificado con esta narración porque cada vez que terminamos un proyecto aparece otro, que le inyecta combustible al proceso continuo de construcción que, a mi juicio, debe ser el destino y motor de una relación de pareja.

Estas crónicas tienen un espacio en nuestras vidas porque El Pulgo y El Piojo se quieren casar, pero no se casan por falta de…

miércoles, 10 de noviembre de 2010

El Pulgo y El Piojo se quieren casar

Todo comenzó cuando comenzamos a planificar la mudanza al anexo de la casa de Los Castores. El espacio requería de infinitos arreglos y remodelaciones que aún hoy estamos llevando a cabo. Impermealizaciones, ladrillos, cementos, amarguras, satisfacciones, belleza, funcionalidad, desastres potenciales y decisiones de última hora nos llevaron por un camino jamás pensado con resultados diversos, algunos esperados, otros simplemente imposibles de creer. Hoy or hoy contamos con un espacio que nos gusta y nos llena el corazón y el orgullo, sobre todo, porque hemos realizado todo esto con el amor que nos une y las manos que ya tenemos llenas de cortadas, callos, cicatrices y dolores que nos recuerdan con cada punzada de dolor, que todo lo hemos hecho con nuestras propias manos.
Cada vez que pensamos que estamos cerca de terminar comienza en nuevo proyecto. un nuevo detalle decorativo, una nueva idea para mejorar, un nuevo paso que dar para crecer y embellecer nuestra cueva de osos.
Fucho y Geri hemos trabajado duro para alcanzar lo que hoy tenemos. Y no es sólo el hacer el dinero para comprar las cosas, es el brazo acalambrado de tanto sostener el taladro, el dedo cortado con la fórmica rebelde, el dedo magullado por el destornillador que peló la cabeza.
La satisfacción del trabajo terminado y admirado, es la mejor recompensa y medicina para todo ese dolor.
Espero que las crónicas de El Pulgo y El Piojo les sirvan para mucho más que tomar ideas para sus casas. También es una experiencia de vida que estamos compartiendo Fucho y Geri para mostrarles que sí se puede. Que la vida en pareja es más que salir a comer o ir al cine. Incluso es más que dormir juntos cada noche. Es materializar los sueños, construir cada día un poquito más la mancomunidad, es ver como crece nuestro entorno (y las panzas de tanto cocinar sabroso en nuestra espectacular cocina).
En próximos post narraremos de todo. Las aventuras y desventuras de la remodelación, la calma que sucede a la tormenta y la tormenta que siempre se avecina y no siempre llueve.
Nos vemos entonces en otro post.
Saludos y Besos y Abrazos, según correspondan.